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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Traígame una Groelandia

 

Diálogo imaginario escuchado este lunes en un plató de televisión neoyorquino:

Técnico de sonido: Bajo unos minutos. ¿Te traigo algo, jefe?

Periodista: “Una Groenlandia, por favor”

Varias emisoras abrieron sus telediarios con la asombrosa noticia: El Gobierno danés convoca al embajador estadounidense tras el nombramiento de un enviado de Donald Trump a Groenlandia. Copenhague califica este gesto de falta de respeto a la soberanía danesa.

El titular de Asuntos Exteriores, Lars Løkke Rasmussen, se hizo eco del malestar de los jefes de Gobierno de Dinamarca, Mette Frederiksen, y el presidente groenlandés, Jens-Frederik Nielsen, que criticaron la decisión de la Casa Blanca y apelaron a la legalidad internacional y a la autodeterminación del territorio, ex colonia danesa que goza del estatuto de autonomía desde 1979.

No se pueden anexionar otros países, tampoco con el argumento de la seguridad internacional, sostuvieron Frederiksen y Nielsen comentando la argumentación de Donald Trump, partidario de la anexión de Groenlandia a los Estados Unidos. El presidente estadounidense aludió a su deseo de controlar la mayor isla del planeta ya en 2019, durante su primer mandato. En aquél entonces, los argumentos esgrimidos por Washington resultaron poco convincentes. Norteamérica aludió a la cercanía geográfica y al deseo de los inuit (pueblo autóctono groenlandés) de disfrutar de las lindezas del modo de vida americano (Coca Cola, hamburguesas, salas de juego, etc.). En realidad, lo que reclaman los inuit es la independencia y el derecho de asociarse a cualquier movimiento sociopolítico internacional que defienda y respete sus propios intereses. ¿OTAN? ¿Consejo Ártico? Queda por ver. Pero el nombramiento del senador estadounidense Jeff Landry, amigo personal de Donald Trump, no acaba de convencerlos. Landry utilizó las redes sociales para declarar que su misión consiste en convertir a Groenlandia en parte de los Estados Unidos.

La decisión de Trump no altera el estatus político actual, al asegurar que “puede parecer algo grande”, no cambia nada para nosotros, afirma el Presidente groenlandés, Jens-Frederik Nielsen.

El control de Groenlandia, situada estratégicamente entre América del Norte y Europa, que cruza las principales zonas de transporte del Ártico, otorgaría a Estados Unidos una influencia geopolítica sin precedentes en esta región cada vez más vital.

Los rusos llevan décadas creando estaciones de vigilancia meteorológica; los chinos, recién llegados, alegan que la región sólo les interesa para desarrollar una travesía naval por el Polo Norte. Simple interés comercial, reitera Pekín. No que no se explica es la proliferación de centros culturales chinos en las principales escalas de la ruta polar.   

Sin embargo, el Consejo Ártico estima que la región contiene alrededor del 30% de las reservas de gas no explotadas del mundo y el 13% del petróleo no descubierto. El acceso a estos recursos y el control sobre ellos adquiere cada vez mayor importancia en un mundo que se enfrenta al problema de la seguridad energética.

La anexión de Groenlandia otorgaría a Estados Unidos el acceso directo y el control sobre cualquier recurso descubierto en la zona económica exclusiva de la isla. 

De hecho, trascendió que un grupo de Congresistas republicanos había preparado un proyecto de ley que permitiría al presidente de los Estados Unidos iniciar negociaciones sobre la compra de Groenlandia. El proyecto se denomina Make Greenland Great Again Act (Ley para hacer a Groenlandia grande de nuevo).

Groenlandia está ubicada justo entre Rusia y Estados Unidos. Siempre hemos estado posicionados entre dos superpotencias; siempre fuimos muy conscientes de que nuestra situación requería mucha diplomacia. Durante más de 80 años hemos tenido presencia militar estadounidense en el territorio. Y nos consta que Estados Unidos considera a Groenlandia una puerta o puerto principal hacia Rusia, afirma Naaja Hjelholt Nathanielsen, Ministra de Negocios, Comercio, Minerales, Justicia e Igualdad de Groenlandia, encargada de los asuntos de seguridad económica, comercio, minerales y justicia de la isla.

Aquí, la población se siente cercana a los inuit del círculo polar ártico y del sistema de seguridad social nórdico, no del americano. No de Rusia ni de los Estados Unidos.

Aviso a los navegantes…

lunes, 2 de septiembre de 2019

Groenlandia: de vertedero nuclear a boyante negocio inmobiliario


La reciente propuesta de Donald Trump de adquirir el territorio autónomo de Groenlandia fue acogida con innegable sorpresa, cuando no, con hilaridad por la prensa internacional. Sin embargo, el planteamiento del multimillonario disfrazado de político era sumamente sencillo; se limitaba a dos vocablos: “quiero” “compro”. Cuál no fue su sorpresa al comprobar que el Gobierno de Dinamarca, responsable de la defensa y política exterior de su antigua colonia -  Groenlandia - desestimaba la oferta. “Groenlandia no está en venta”, contestaron las autoridades de Copenhague. Visiblemente molesto por la “irreverente respuesta” de los  daneses, Trump canceló su viaje oficial al minúsculo país europeo que osó plantarle cara.

Huelga decir que para el actual inquilino de la Casa Blanca el asunto no está zanjado; a Norteamérica no se le humilla…

En realidad, no se trata de una humillación: ya en 1945, el entonces Presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, planteó a los daneses la compra el territorio ártico a cambio de cien millones de dólares, pagaderos en lingotes de oro. La “poco interesante” oferta fue descartada por el Gobierno de Copenhague.

Conviene recordar que desde el inicio de la Segunda Guerra Mundial, Groenlandia albergaba numerosas instalaciones militares estadounidenses. Un acuerdo de cooperación estratégica bilateral firmado en 1941 y renovado en la década de los 50 otorga a los norteamericanos el derecho de construir 33 bases militares y estaciones de radar en Groenlandia. Se trata de un convenio muy ventajoso para el Pentágono, que contempla la gratuidad del uso de las instalaciones militares. Sin embargo, esta cláusula no acaba de convencer a las autoridades autonómicas de la isla, resentidas por la decisión de Washington de rescindir, a partir de 2014, el contrato de mantenimiento de la mayor base aérea de Groenlandia,  firmado con la empresa estatal de servicios.

La Base Thule, situada a 1,500 kilómetros del Polo Norte, construida por los norteamericanos en la década de 1940 y ampliada en los años 50, cuenta con una pista de aterrizaje de 3.000 metros de largo y recibe anualmente alrededor de 2.600 vuelos militares y comerciales. En su apogeo, a principio de la década de los 60, cuando su personal ascendía a diez mil hombres, fue una de las instalaciones más importantes, que albergaba bombarderos estratégicos estadounidenses. Actualmente, Thule forma parte de la red de vigilancia electrónica NORAD, un sistema de  detección de posibles disparos de cohetes intercontinentales rusos.

Las relaciones estratégicas con Dinamarca fueron entorpecidas por un grave incidente registrado en 2016, cuando a raíz del calentamiento climático, la descongelación de la capa de hielo dejó al descubierto la existencia de una base ultrasecreta, Camp Century, construida entre 1959-1960, concebida para el lanzamiento de misiles balísticos en caso de conflicto nuclear con Moscú.

Ubicada a 200 kilómetros al este de la base de Thule, la estación subterránea estaba dotada con un reactor nuclear y compuesta por una amplia red de túneles subterráneos que formaban una pequeña ciudad capaz de acoger a más de 200 personas. Al sureste de Camp Century se hallaba una base más pequeña, Camp Fistclench, donde se analizaban los combustibles atómicos.

Un informe confidencial del Ejército de los Estados Unidos, hecho público cuatro años después del incidente de Camp Century, señalaba que el movimiento de las capas de hielo afectó la seguridad de los depósitos subterráneos de armas nucleares, retiradas precipitadamente por el personal militar. El Pentágono renunció definitivamente al proyecto a partir de 1964. En 1967, Camp Century fue desmantelado. Sin embargo, en las capas profundas de hielo ártico permanecieron los desechos nucleares procedentes de los experimentos de laboratorio, alrededor de 200,000 litros de combustible, así como una cantidad impresionante de aguas residuales; un enorme vertedero de desechos químicos y nucleares. Existe un gran peligro de contaminación, ya que los residuos de uranio y plutonio comienzan a emerger con el constante derretimiento de la capa de hielo que cubre las abandonadas instalaciones de Camp Century.

Los daneses tampoco parecer dispuestos a olvidar el aparatoso incidente del 21 de enero de 1968, cuando un bombardero B-52 que transportaba 4 bombas de hidrogeno se estrelló a once kilómetros de la base de Thule. El impacto provocó la explosión de 132,500 litros de combustible, dañó la protección de los artefactos nucleares y expulsó en el atmosfera fragmentos de plutonio, uranio y tritio. Los restos de las bombas y la carcasa del avión ardieron durante 20 minutos, contaminando un área entre 300-600 kilómetros cuadrados.

Más de 700 militares  intervinieron en la limpieza del área; la operación tuvo un coste de 9,4 millones de dólares. Los equipos trabajaron durante dos meses, transportando 10.500 toneladas de nieve, hielo y escombros contaminados al cementerio nuclear de Oak Ridge.

Pero la pesadilla sigue.  Los equipos de rescate no encontraron una bomba termonuclear – la cuarta - que no explotó en 1968. En el verano de 2000, un submarino de la Marina de los EE. UU. detectó en el fondo del mar un objeto que se asemeja a esa bomba. Desde entonces, en Dinamarca aparecieron docenas de trabajos sobre los efectos nocivos de la contaminación atómica.

El año pasado, Dinamarca y la provincia autónoma de Groenlandia firmaron un acuerdo relativo a la limpieza del área donde se hallaban las instalaciones militares abandonadas por el Ejército norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, un operativo evaluado en alrededor de 29 millones de dólares. Pero el protocolo no alude a las instalaciones estadounidenses aún en funcionamiento.

Cabe suponer que el interés de Donald Trump por Groenlandia, un territorio del tamaño de Francia, poco tiene que ver con el carácter meramente estratégico de la isla. De hecho, hasta la fecha las inversiones estadounidenses en la isla han sido muy limitadas. Más generosos han sido los competidores directos de Norteamérica. Nos ha llamado la atención la presencia del capital chino. Las empresas del gigante asiático comenzaron a invertir cantidades considerables de dinero en los proyectos gubernamentales y privados en Groenlandia, deseando establecer una cabeza de puente estratégica para la “vía ártica” de la nueva Ruta de la Seda.

Se habla cada vez más de las importantísimas de petróleo, gas natural, diamantes, uranio, plomo, carbón, zinc, mineral de hierro o cobre del territorio árctico. Pero hay más: se cree que la arena de los glaciares derretidos podría ser el futuro sustento económico de la isla, ya que este tipo de material es ideal para la construcción. Se trata de un mercado estimado actualmente en cien  mil millones  de dólares, pero cuyo valor podría quintuplicarse de aquí a finales de siglo. Un buen negocio para los boyantes proyectos inmobiliarios de la Trump Organization.